Bernini ideó y construyó la plaza de San Pedro del Vaticano en forma
de abrazo. Para poder escenificar, en días como éste, que la catolicidad
entera estrecha entre sus brazos abiertos bien grandes a uno de sus
iconos, a la santa universal por excelencia: Madre Teresa de Calcuta.
Porque la monja del sari blanco con franjas azules es venerada por
hinduistas, budistas, musulmanes, judios y, por supuesto, cristianos.
Todas las religiones reconocen en ella a la testigo creíble del corazón
de todas las fes: el amor.
Ser creyente en Dios, al menos en los de las grandes religiones, significa creer que el amor es el motor del mundo y que es posible construir el Reino del Señor en la tierra. O que las fuerzas oscuras del Mal no van a prevalecer ni en el corazón de la gente ni en el devenir del planeta.
Todas las religiones tienen sus exponentes eximios de ese amor en
acción, que es la misericordia. Algunos convertidos en iconos
universales como Ghandi, Luther King o Mandela. A ese
Ghota de los ángeles de la misericordia se añade la Santa de los pobres.
Con un lugar especial entre esos símbolos globales. Porque especial fue
su vida y su obra.
Hoy la Iglesia católica la eleva al máximo escalafón de los altares:
la santidad. Francisco, en nombre de la institución, reconoce
públicamente sus virtudes en grado sumo y la convierte en un faro que alumbra e irradia en medio del mundo.
La monja que sufrió la noche oscura del alma, período en el cual
llegó a dudar de la existencia de Dios, supo descubrir en el otro al
propio Cristo, el hombre-dios que "pasó haciendo el bien" por la vida y
enseñó a la humanidad un camino privilegiado para ser feliz y hacer
felices a los demás: "Amarás al prójimo como a ti mismo". Como dijo el
papa, "tocó la carne de Cristo", es decir de los que "ya no tienen ni lágrimas para llorar su dolor".
Madre Teresa dejó claro con su vida que un creyente es el seguidor de Cristo que cumple su programa: las bienaventuranzas. Entre ellas, aquella que dice "bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos".
Creer esto y vivirlo a tope durante toda la vida, creando incluso
una congregación religiosa para hacerlo de una forma más eficaz y
organizada, fue el mérito de la Santa de Calcuta.
No es fácil amar a los pobres. Pobreza, en grado de miseria, como la
de Calcuta, es una situación vital no precisamente agradable a los
sentidos. La pobreza huele mal y cuesta acercarse a ella, para aliviarla
y estrecharla tiernamente entre los brazos. Como hizo ella con aquel
moribundo (y tantos otros como él) que antes de expirar en sus brazos,
exclamó: "He pasado toda mi vida en el infierno, pero muero en los brazos de un ángel del cielo".
Los santos son un ejemplo a imitar y actúan como un imán para el
común de los mortales. Nos dicen que amar es posible y no sólo lo
predican, sino que lo viven. Desde hoy, la Santa de los pobres ha
añadido una corona a su figura. El aura de la santidad.
La huella de una mujer físicamente frágil pero espiritualmente de
acero, que, con la fuerza del Espíritu, se convirtió en un faro a
seguir. Su rostro arrugado brilla desde el frontal de la basílica
vaticana con la belleza del amor. La santidad reconocida le sienta bien.
Hasta parece guapa, entre el ondear de banderas de todo el mundo y
plegarias en todas las lenguas en un nuevo Pentecostés.
La misericordia, que el papa Francisco colocó en el frontispicio de su pontificado, tiene una nueva heroína.
Desde el corazón de la cristiandad para todo el mundo. El papa sonríe
satisfecho desde la Roma que, leída al revés, dice Amor. Su revolución
de la misericordia cuaja en el pueblo. Tras la estela de la Santa, a la
que, como dijo Francisco, "seguiremos llamando Madre Teresa". Ora pro
nobis.
Autor: José Manuel Vidal