Nos decían cuando éramos chicos: “No miren películas violentas porque les va a hacer mal”. Tal vez en esa época pensábamos que era muy exagerado. Hoy, los niños y también los adolescentes están excitados e incitados, por las distintas propuestas televisivas y de Internet, a mirar programas, series, o jugar a juegos que contienen sensualidad y violencia explícita. La sensualidad y el erotismo conllevan una censura moral y religiosa; pero parece que la violencia no contamina o no hace demasiado daño porque nadie se escandaliza cuando ve a un niño, durante unas cuantas horas, matando virtualmente gente en una pantalla. Pero el puritanismo moral explota si logra ver un desnudo aunque sea artístico, médico o antropológico.
El reciente tiroteo en una universidad de Oregón, Estados Unidos, donde diez personas perdieron la vida y otras siete resultaron heridas, debido a la acción asesina de Chris Harper Mercer, un estudiante de veintiséis años, pone otra vez en jaque el sueño americano y en evidencia el estado de salud moral de esta cultura. Ese sueño que parece decir que no hay nada mejor que lo realizado en el país consumista y capitalista del Norte de América y que recientemente hizo emocionar al mundo con la visita del Papa, otra vez muestra, sin explicaciones posibles, la demencia violenta de un joven asesino. El presidente de los Estados Unidos Barack Obama, en una declaración pública, lamentó el brutal ataque e hizo un llamado contra la libre circulación de armas en la población civil: "Somos el único país avanzado sin legislación con sentido común sobre el control de armas”. ¿Y que están esperando?
